Muévese, camina con sigilo y sin alterar el quieto espacio del oriente; lleva en las manos el joyero.
Hacía apenas tres días paseábase por las calles de Shiknar, elegante y con mirada altiva, rodeando los espacios donde habría de cometer su mayor crimen.
Era la guerra, se habían acabado ya las consideraciones y los buenos modales; persona alguna que había conocido esos ojos, esa boca y ese cabello -que no era sino una extensión del sol- habría imaginado el nivel de perversidad que escondía aquella mirada marrón.
Las órdenes se habían dado: Entra a Mikha Bohr, habla con la mujer rubia y pide el collar de diamantes con una amatista que está en la vitrina del fondo, cuando te lo entregue dispárale.Era la guerra, se habían acabado ya las consideraciones y los buenos modales; persona alguna que había conocido esos ojos, esa boca y ese cabello -que no era sino una extensión del sol- habría imaginado el nivel de perversidad que escondía aquella mirada marrón.
Y claro, como cada indicación que se daba, ésta se había llevado a cabo con tal pulcritud que cualquiera se habría sorprendido ante el hecho de no ver una sola gota de sangre en el traje blanco de seda que portaba.
El combate tenía una razón justa de existir; cientos de inocentes muertos en la estación del tren Zhijner, entre ellos su gran amor; nada quedó de aquellos cuerpos ni de su honra; el único resto intacto fue el anillo que habría de consumar su matrimonio, un diamente rodeado de oro blanco con sus iniciales grabadas, KZ.
El sol comenzaba a penetrar cada vez más en sus poros níveos y decididos, ya no le importaba pelear con la misma bandera; querían su presencia en los diarios, pues ahora la tendrían y si un lector hubiera llegado ahí buscando la respuesta al porqué de su crimen, se encontraría con la sentencia más justa y enferma que alguien podría haber dado.
Aquella mente, que un día fue tan nítida e instruida, ya no tenía lugar para remordimientos ni reflexiones, la orden estaba dicha...
Llegó, las puertas se abrieron por manos invisibles, los vidrios acababan de ser lavados, las mujeres se movían de una oficia a otra llevando informes y carpetas; en el fondo un mastil dejaba caer una cascada desde una altura de 20 metros, al lado estaba el cubículo del elevador, de él salieron dos hombres, uno de ellos tenía una mirada extremadamente cínica y depravada, el otro sólo tenía un ojo en su marcado y bronceado rostro; ambos saludaron con una sonrisa bastante forzada; si la decisión hubiera sido propia, el plan se hubiera consumado en ese mismo instante.
Al fin llegó el piso 79, hacía tres minutos el reloj había marcado 12:57, la entrada de caoba se abrió, con la fortuna que albergaban esos 48 metros cuadrados la ciudad entera habría comido durante una semana, el dueño de la oficina estaba sentado con un copa en la mano, no importa qué estaba tomando, igual escuchó las palabras que antecedieron a la hecatombe...
-Buena tarde.
El joyero fue abierto, en la amatista se vislumbraba una minúscula luz, 13:01 pm millones de cristales calleron a 80 metros de distancia del edificio, cada piso aplastó poco a poco al de abajo, los 40 mil gritos del edificio Kajnén se perdieron en la eternidad del silencio...
Nunca los diarios vendieron tantos ejemplares, el editor estaba extasiado y los ciudadanos despedazados, en las primeras planas la última nota del autor de aquella aniquilación masiva se publicó: "Ser justo".
