viernes, 25 de septiembre de 2009

La justa

Muévese, camina con sigilo y sin alterar el quieto espacio del oriente; lleva en las manos el joyero.
Hacía apenas tres días paseábase por las calles de Shiknar, elegante y con mirada altiva, rodeando los espacios donde habría de cometer su mayor crimen.
Era la guerra, se habían acabado ya las consideraciones y los buenos modales; persona alguna que había conocido esos ojos, esa boca y ese cabello -que no era sino una extensión del sol- habría imaginado el nivel de perversidad que escondía aquella mirada marrón.
Las órdenes se habían dado: Entra a Mikha Bohr, habla con la mujer rubia y pide el collar de diamantes con una amatista que está en la vitrina del fondo, cuando te lo entregue dispárale.
Y claro, como cada indicación que se daba, ésta se había llevado a cabo con tal pulcritud que cualquiera se habría sorprendido ante el hecho de no ver una sola gota de sangre en el traje blanco de seda que portaba.
El combate tenía una razón justa de existir; cientos de inocentes muertos en la estación del tren Zhijner, entre ellos su gran amor; nada quedó de aquellos cuerpos ni de su honra; el único resto intacto fue el anillo que habría de consumar su matrimonio, un diamente rodeado de oro blanco con sus iniciales grabadas, KZ.
El sol comenzaba a penetrar cada vez más en sus poros níveos y decididos, ya no le importaba pelear con la misma bandera; querían su presencia en los diarios, pues ahora la tendrían y si un lector hubiera llegado ahí buscando la respuesta al porqué de su crimen, se encontraría con la sentencia más justa y enferma que alguien podría haber dado.
Aquella mente, que un día fue tan nítida e instruida, ya no tenía lugar para remordimientos ni reflexiones, la orden estaba dicha...
Llegó, las puertas se abrieron por manos invisibles, los vidrios acababan de ser lavados, las mujeres se movían de una oficia a otra llevando informes y carpetas; en el fondo un mastil dejaba caer una cascada desde una altura de 20 metros, al lado estaba el cubículo del elevador, de él salieron dos hombres, uno de ellos tenía una mirada extremadamente cínica y depravada, el otro sólo tenía un ojo en su marcado y bronceado rostro; ambos saludaron con una sonrisa bastante forzada; si la decisión hubiera sido propia, el plan se hubiera consumado en ese mismo instante.
Al fin llegó el piso 79, hacía tres minutos el reloj había marcado 12:57, la entrada de caoba se abrió, con la fortuna que albergaban esos 48 metros cuadrados la ciudad entera habría comido durante una semana, el dueño de la oficina estaba sentado con un copa en la mano, no importa qué estaba tomando, igual escuchó las palabras que antecedieron a la hecatombe...
-Buena tarde.
El joyero fue abierto, en la amatista se vislumbraba una minúscula luz, 13:01 pm millones de cristales calleron a 80 metros de distancia del edificio, cada piso aplastó poco a poco al de abajo, los 40 mil gritos del edificio Kajnén se perdieron en la eternidad del silencio...
Nunca los diarios vendieron tantos ejemplares, el editor estaba extasiado y los ciudadanos despedazados, en las primeras planas la última nota del autor de aquella aniquilación masiva se publicó: "Ser justo".

domingo, 13 de septiembre de 2009

Quién está aquí


Muchas veces intenté escribir una historia, no era la más alentadora ni la más animosa, por el contrario sólo narraba una tragedia más en la vida de Bruno, su protagonista. Por alguna razón, o por alguna irracionalidad nunca se pudo publicar; a este infortunio me permití reflexionar: ¿es mejor escribir para crear o para destruir? y afortunadamente la respuesta llegó como centella; escribir es esperanza y aliento.
El quisquilloso juego de mi mente se atrevió a rescatar sólo un fragmento de la historia romántica de ese chico inocente que decidió incrustarse como el personaje principal de estas letras.
"...ella, unívoca en cada ínfima gota de lluvia que caía sin clemencia en medio de la brillosa calle, ella, alumbrada por farolas de color ambar que lloraban solitarias, ella, tan maravillosamente perfecta, tan increíblemente inefable, tan fatal -pero no eternamente- ajena, ella, sin nombre ni más adjetivos que ella, el amor de su vida.
Pero que no se piense que esta historia fue tan triste y amarga como en sus primeras líneas se comprende; esta fue en verdad la historia de amor más real y más magnificente que en este blog se pueda rememorar; la ternura y claridad que Bruno vio en aquellos ojos marrón han rebasado la capacidad de este narrador para representar al amor con simples y redondeadas palabras.
La conoció en el espacio del café, no se puede asegurar si fue un segundo o menos, pero ella volteó a verlo, se miraron directamente a los ojos, de otra forma, él no habría comprendido el porqué de su inmensa dicha; por motivos aún desconocidos, Bruno anduvo, sin más se fue, caminó por varias calles con el recuerdo de ella en la mirada, no reparó en los miles de rostros al rededor, sólo estaba ese pálido semblante enmarcado por un cabello castaño y ondulado, perdido como el pudor de los amantes furtivos, esos lazos dorados y rebeldes, cada uno con voluntad propia; unos labios que aún coqueteaban con finas perlas de café apenas divorciadas de la fina talavera que componía aquella taza... de repente, así como llegan las olas a la rivera, Bruno giró la cabeza para encontrar de nuevo esa silueta elegante y peregrina; no hablamos de un encuentro sencillo y fragil, se trataba de un nuevo respiro, fue como si al verla, el corazón hubiera vuelto a latir...
Ella se ha ido, se fue, húbose ido; no importa el tiempo en que se diga, ese tiempo ya pasó; cualquiera que sepa de amor comprenderá la sonrisa que despide el rostro inmutado de Bruno, porque de cada instante y sonrisa sólo la memoria será hogar, pero seguro es que esas miradas embrolladas y los besos pacíficamente declarados serán testigos de que, indubitablemente, ella también lo amó, lo ama y lo amará."

No me interesa que llegues hasta este lugar, quizá nunca te enteres de lo que no está escrito; sólo hay una salida, y por si la aceptas -te adverto lector- no es la más sencilla: lee, sólo lee, no búsques explicaciones ni formas que no están aquí, sólo lee.
Esa historia que ahora no está aquí nunca existió ni exsitirá, porque segura estoy de que le espera un final feliz, no el que mi aferrada y efímera obstinación por la tristeza se empeñaba a darle.
Si alguna vez has leido un texto sin sentido, es que no lo has leído; si te has enfrentado a una mirada cristalina sin llanto, es que no la has observado. Yo no tengo letras ni lágrimas, porque por alguna razón mi amigo imaginario llamado blog me impidió escribirlas; por ello prefiero denunciarlo ante este espacio perdido en la virtualidad como el primer acto noble y salvador que la cibernética ha hecho por mi.