jueves, 3 de diciembre de 2009

Nuestro viaje


Mientras vamos a Londres leo a Ibsen y escribo, tú vas durmiendo a cada rato, por ocasiones te despiertas y me miras, preguntas cómo estoy y volteas para seguir perdido.
Perdida me gustaría estar en esas calles buscando lo inencontrable, lo que más de dos veces encontré en medio de calles que sí conozco aunque nunca había pisado; perdida me gustaría estar de ti para que no siguieras mis pasos de mujer perdida en busca del amor perdido en una lucha que aún no es mía pero que en la menor provocación haré por ganar.
¿Aún no me comprendes? Si me hubieras escuchado aquella tarde de aquel querido mes de agosto que vimos el filme portugués en una sala mexicana sabrías ahora que este viaje sólo tiene por fin encontrar al amor de mi vida, y tú ingenuo que vienes de copiloto creías que ya lo había encontrado.

Sólo es debido hacer una pequeña pausa para que la historia narrada aquí arriba y proximamente allá abajo sea comprendida de una manera libre, con la interpretación que se desee, aunque eso me valga el rechazo de los ortodoxos, los
que injustamente tratan la plurisignificación y la limitan, cuando injustamente marcan el camino que el lector debe seguir, para mí justo eso es lo que no espero de ti lector, no quiero que llegues al fondo de la intención de este escrito porque sería ahí donde me acabarías; prefiero que tomes el rumbo que las palabras te inspiren, quiero para ti la nada absoluta, que de absoluta no tiene nada.

A continuar con el viaje, debo admitir que a veces te miro más de lo que debería –considerando que al mirarte me enamoro de ti y así es más difícil hacerte daño o más bien evitar hacerte el bien- en esos ratos de debilidad por tus rasgos teneri, que cubren con creces los requisitos que un día puse en una hoja ámbar de mi diario con el título “El hombre perfecto”, sonrío, me río y me volteo, creo que los pasajeros que van al lado ya lo notaron y cuando los veo y me ven también se ríen, han de pensar que estoy enamorada de ti o algo por el estilo y lo cierto es que es mi cara de abeja apasionada les da los argumentos, pero no, en realidad pienso en cómo haré para salir a solas por las noches una vez que lleguemos a Londres.
Piensa, si tú te quedares en la habitación evitarás verme esperanzada rodeando las calles rogando por verlo una vez más, abrazarlo y decirle que no lo amo esperando al mismo tiempo creer mis palabras para que no me duela el hecho de que él me aleje de sus brazos, como cruelmente he visto en sueños que lo hace. Ahora bien, considera que si tampoco escuchares cómo llamo a los teléfonos donde pienso que puedo encontrarlo, no te darás cuenta de que él me interesa más que mi propia vida.
Después de estas razones deberías agradecerme la misericordia que te tengo, analízalo y verás que así salimos ganando los dos; tú por dentro pensando en la mujer que encontré en nuestra cama ese día que cumplías años y yo buscando sin encontrar el motivo que me daría valor para dejarte.

1 comentario:

  1. Profundo, Gigi. Eres una de esas personas que nunca alcanzaré a conocer/comprender del todo... y, sin embargo, adoro.

    Tus palabras evocan vivencias de cada lector, créeme. No es necesario precisar que lo hagan. Los recuerdos son mucho más fuertes que la razón.

    Te quiere (y extraña),
    Andrea Herrera.

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